Vacunación infantil ¿Necesaria, ineficaz o peligrosa?

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Vacunación Infantil – Están tan introducidas entre la población que las hemos perdido el miedo; pero no debemos olvidar de que se trata simplemente de un medicamento más, con su potencial tóxico.

Desde que en 1885 Louis Pasteur confirmara los efectos beneficiosos de la vacuna contra la rabia que había descubierto, millones de personas de todo el mundo se han beneficiado de este asombroso descubrimiento.
Los mecanismos de acción nos parecen ahora simples: nos inoculan miles de gérmenes atenuados o muertos (antígenos), los cuales deben movilizar las defensas orgánicas de nuestro cuerpo para que elaboren anticuerpos específicos contra las mismas bacterias que hemos recibido. Gracias a este razonable sistema, la Humanidad ha visto disminuida la incidencia de epidemias que antaño había sembrado las ciudades de cadáveres.
Sin embargo, después de más de un siglo de aplicación masiva a millones de personas, no existe ni un solo estudio científico a nivel mundial que investigue los posibles efectos secundarios a medio o largo plazo. Por razones que se nos antojan puramente comerciales, solamente se nos relatan algunos pequeños efectos secundarios inmediatos, como fiebre, malestar y alguna pequeña molestia local.
Esta bula que tienen las vacunas no la poseen el resto de los medicamentos, pues cualquiera de ellos está sujeto a cientos de controles médicos, con los cuales se trata de investigar cualquier efecto adverso a largo plazo, incluso a nivel genético.
Si en un adulto un medicamento puede ocasionar problemas serios, piensen en un bebé de apenas seis meses. En esos primeros 6 meses de vida, se le han inyectado 5 vacunas diferentes, con alguna dosis más de recuerdo en un intervalo de dos meses cada una. Nada menos que 15 pinchazos en total, para un organismo que ni siquiera sabe hablar.
Con el paso del tiempo, un chico de apenas 16 años habrá recibido nada menos que un total de 13 vacunas distintas y un total de 26 pinchazos (30 en algunos países), cada uno de los cuales conteniendo miles de gérmenes, cualquiera de ellos sumamente peligroso
por separado. Y eso, sin contar con los medicamentos que habrán sido recetados por su pediatra.
Estas son las vacunas empleadas actualmente hasta los 16 años:

DTP: difteria, tétanos, tos ferina (la acelular emplea células enteras).
VP: poliomielitis.
HIB: haemophilus influenzae B.
TV: triple vírica (Sarampión, Rubéola, Parotiditis).
QV: quíntuple vírica (difteria, tosferina, tétanos, hepatitis B y Haemophylus influenzae del grupo B. Ésta última protege contra la meningitis).
HB: hepatitis B. También existe una contra la Hepatitis A y B.
MEN C: meningitis conjugada C.
TD: tétanos, Difteria. Además: Varicela a los 10-11 años. Se está intentando que también se apliquen sistemáticamente, las siguientes vacunas: Rotavirus.
VPH: virus papiloma humano.
PPV23: vacuna neumocócica. Contra el estafilococo dorado (aureus).
Gripe (influenza).

NOTAS:

vacunacion-infantil2El principal cambio del calendario de vacunaciones sistemáticas es la sustitución de la vacuna antipoliomielítica oral trivalente (VPO) por la vacuna antipoliomielítica inactivada (VPI).
Se prorroga la administración de la vacuna de la hepatitis B junto con la hepatitis A, según un programa piloto en las escuelas dirigido a los niños de sexto de primaria.
Los pediatras recomiendan la administración de la vacuna conjugada para la infección neumocócica, la vacuna de la varicela y la tos ferina en adolescentes.
A la vista de este calendario, las personas deberían quedar horrorizadas de tanta medicación, pero en lugar de ello, están convencidas de que es lo mejor que pueden hacer por sus hijos. Si sumamos estas vacunas a la medicación habitual que recibirán los niños hasta llegar a la adolescencia, nos encontramos con organismos plenamente intoxicados a una edad en la que todo el sistema orgánico e inmunitario está aún en crecimiento.
Aunque estas conclusiones nos deberían hacer reflexionar, apenas hay opiniones oficiales sobre la conveniencia o no de la vacunación a los niños, o si las hay son silenciadas rápidamente. Es más, la psicosis de la población en caso de epidemias es más intensa, reclamando con energía y hasta violencia que les vacunen a ellos y a sus hijos. Cuando se declara un caso de meningitis en una población, los padres acuden temerosos y rápidamente al pediatra para que vacunen a sus hijos, con el temor de que se les morirán ese mismo día si no lo hacen, quizá en una esquina o viendo la televisión.
Pero algunos ya han comenzado a perder el miedo a hablar y numerosos médicos de todo el mundo dan la voz de alarma: no se puede vacunar masivamente a niños menores de siete años, pues su sistema defensivo es tan inmaduro como ellos, e incapaz de generar esos anticuerpos que las vacunas les demandan. Además, y esto es más grave, nadie sabe el destino de esos miles de gérmenes inoculados (con sus toxinas incorporadas), siendo improbable que desaparezcan sin dejar rastro.
La respuesta inmunológica (las defensas específicas que debe provocar la vacunación), es proporcional a la edad y el peso del recién nacido, estimándose que en los prematuros o de bajo peso esta respuesta es insuficiente para generar anticuerpos suficientes, y si lo consigue no poseen la suficiente memoria inmunológica como para que el efecto perdure.
Con esto estamos evaluando su eficacia, pero nos queda el segundo interrogante: ¿Qué ha ocurrido con el precario sistema linfático y hepático de ese recién nacido? ¿Habrá podido resistir sin problemas los miles de bacterias y virus que han invadido su pequeño organismo?
Si tenemos en cuenta que, solamente en EE.UU. y cada año, se denuncian 14.000 casos por sus efectos secundarios, multipliquemos esa cifra por el resto de la población mundial y quizá comencemos a preocuparnos. Aún más, esas denuncias solamente son por los problemas de salud que se producen durante los días posteriores a la vacunación, dado que todavía no hay un seguimiento de los efectos secundarios a largo plazo.
Algunos informes acusan a las vacunas de estar detrás de las muertes prematuras de sus hijos; otros sospechan que existe una relación entre los pinchazos y el espectacular aumento de enfermedades como el autismo, el asma, las alergias, enfermedades autoinmunes o la diabetes. ¿Estamos globalmente en contra de las vacunas? De ningún modo, aunque sí contra las vacunaciones sistemáticas a los niños.
Hay otro dato que también nos produce alarma. Algunas vacunas tienen como excipiente altas dosis de mercurio, tal es el caso de la que se usa contra la hepatitis B, la difteria, tétanos, gripe o meningitis, lo que ya ha ocasionado muchas demandas. Otra sustancia potencialmente peligrosa es el Tiomersal, al que se le culpa del aumento de casos de autismo e hiperactividad infantil.
Al margen de ello, o sumándose a lo dicho anteriormente, insistimos en el dato que más nos preocupa: no existe ningún estudio a largo plazo sobre los efectos secundarios de las vacunas, al menos desde el momento de ponerlas, hasta 30 años después. No hay ningún seguimiento, mucho menos a nivel mundial, que pueda garantizar a los ciudadanos que las vacunas que recibieron en su niñez no le estén ocasionando enfermedades graves al llegar a adultos. Los únicos que podrían realizar este seguimiento son los médicos, pero hay dos razones poderosas para no hacerlo:

  1. Una, si se demostrasen efectos negativos ¿cómo podrían justificarse ante sus pacientes?
  2. Dos, ¿cuáles serían las consecuencias económicas para todos los organismos implicados (médicos, laboratorios, sanidad) si se demostrasen efectos negativos en la salud?

Esta excepción que tienen las vacunas no la poseen el resto de los medicamentos, que son sujetos a férreos controles durante toda su vida comercial e incluso se retiran rápidamente del mercado ante la aparición de nuevos efectos secundarios. Las vacunas, por las razones antes mencionadas, siguen sin estar sujetas a una observación minuciosa y eso las hace aún más peligrosas. ¿Si nadie exige su vigilancia, para qué hacerla?
Un razonamiento más: hay gente que cree que si no vacuna a sus hijos se les morirán cualquier día, posiblemente de un soplo de aire. Pero piense por un momento en la cantidad de enfermedades y accidentes por las cuales puede morir un niño, y se dará cuenta que las vacunas no cubren todas estas posibilidades. Si hay vacunas infantiles para 12 enfermedades y hay al menos más de 2.000 causas que pueden ocasionar la muerte de un pequeño, es difícil entender ese relax que tienen los padres de los niños vacunados.

Recuerde

  1. Las vacunas no son obligatorias, sino solamente recomendadas.
  2. Los niños vacunados no están más sanos que los no vacunados.
  3. Vacúnele solamente en casos de epidemia declarada.

De cualquier modo, no debería vacunar a su hijo en alguna de estas circunstancias:

  • Niños prematuros cuya supervivencia todavía no esté asegurada.
  • Niños inmunodeprimidos, sea por enfermedades o tratamiento medicamentoso.
  • Niños que están a tratamiento de corticoides incluso en forma de aerosol.
  • Niños receptores de médula ósea.
  • Niños con cáncer de cualquier tipo.