De camino a casa

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“No nací como persona, más bien era un milagro; la persona se diseñaría mas tarde”

(De lo inviolable)

Se diseñó la persona. Me invadieron conocimientos y conceptos.

Y adquirí una personalidad propia, una serie de rasgos que me hacían única y me diferenciaban del resto.

Y esa personalidad, ahora, sinceramente, creo que me estorba. Me he dado cuenta de que mi mente instruida no sabe nada, y por ella me pierdo la inmediatez.

Sé que hay momentos que no suceden en el tiempo.

Y una belleza que solo se percibe desde la inocencia.

Necesito volver a estar disponible, para que la vida me pille por sorpresa.

Voy de camino a casa.

A veces de tu mano.

—¿Recuerdas algún momento mágico de tu infancia?

—¡Ay! No sé… un momento especial de mi infancia… está uno tan pendiente de los problemas, vamos con tanta prisa que resulta difícil ponerse a recordar esas cosas…

Bueno, sí… me estoy acordando de un día que, como cualquier otro, iba con mi abuelo a pasar un rato a la plaza; yo era pequeña, tendría unos cinco años; él se ponía a hablar con los vecinos y yo me entretenía jugando.

Ese día ocurrió algo muy extraño: me quedé mirando al cielo y vi a Dios.

Suena raro contado así, pero sé que era Dios. No podía apartar la mirada, el cielo se había encendido, y aunque era ya tarde, casi de noche, y estaba despejado, no había estrellas, solo luz, una luz que te cegaba, y en el centro, no sabría decir si era el ojo, o la cara de Dios.

No sé cuánto tiempo pasé mirando hacia arriba, pero cuando salí de aquella especie de trance, me pareció que aterrizaba en la plaza de nuevo, y entonces miré a mi alrededor y vi que mi abuelo no estaba y me asusté; él nunca se hubiera ido sin mí (mi abuelo y yo nos entendíamos sin palabras, se me pone un nudo en la garganta al recordarle) y entonces corrí a toda velocidad hacia casa y allí estaba él, sentado al lado de mi padre, tan tranquilo; y mi madre en la cocina, preparando la cena. Nadie se había percatado de mi ausencia.

Pensando en ello ahora siento como si yo hubiera regresado a casa con mi abuelo, como todos los días, y la otra experiencia la hubiera vivido únicamente yo, de manera simultánea, fuera de este mundo, en un lugar que existe pero que no vemos…

—Yo he sido medio autista, y no recuerdo haber sido muy feliz en la infancia, pero sí tengo un recuerdo muy nítido, me ha venido de repente…

A veces me dejaban en casa de mis abuelos, en Esteli, una aldea muy pequeña. Era una casa de tres plantas, desapacible y oscura.

Me gustaba el establo, el calor que transmitían las vacas, los días de frío; y una prensa que tenía mi abuelo para hacer sidra.

Mi abuelo era serio e introvertido, hablaba muy poco. Se llamaba Recesvinto. Se levantaba al alba para ir al monte; tenía varias cabañas, y regresaba tarde. Después de la cena se sentaba al fondo de la cocina sin mediar palabra con nadie; pero recuerdo que me quería, de alguna manera hacía que yo me sintiera especial.

Hay una escena que recuerdo con mucha emoción: mi abuelo sentado en su silla, en actitud meditativa, y mi abuela a mi lado en la mesa de la cocina, leyéndome un libro; con poca luz, solo un par de lámparas de aceite.

Era el único libro que había en la casa.

Mi abuela, con mucho misterio, me contaba que ese libro era ruso, y eso aumentaba la emoción; estaba forrado, me acuerdo, con un papel gris muy desgastado.

La abuela empezaba a leer y yo- escuchando con la boca abierta de puro asombro- le hacía preguntas y ella aderezaba el relato con mil detalles que ahora sé que se inventaba; no recuerdo ninguna historia en concreto, solo que la felicidad, de parecerse a algo, sería a ese momento en que en aquella cocina oscura daba comienzo una historia, y algo muy cálido parecía abrazarme…

—Siempre me he acordado de ese día. Fui con mi familia de excursión, al campo. Había más gente, aparte de mis padres y mis hermanos; mis tíos, supongo. A alguien se le ocurrió subir una montaña. Estuvimos caminando varias horas.

Mi hermana y yo, las más pequeñas, estábamos agotadas; la montaña no parecía tan inclinada cuando estábamos abajo.

Y entonces alguien propuso dar la vuelta porque el descenso era peligroso si se hacía de noche. Sentí tanto miedo al escucharlo, que me acerqué a mi hermana y le susurré al oído: “vamos a correr” … ella agarró mi mano y empezamos a bajar a toda prisa, mientras escuchábamos los gritos de nuestros padres: “niñas, parad… que os vais a caer… ¡Dios mío!, gritaba mi madre, ¡que se matan las niñas…!Pero nos daba igual, la velocidad era tal que nos hubiera sido imposible parar… corríamos y corríamos, jadeando, riendo… aumentando la velocidad según íbamos bajando, como si no tuviéramos piernas, como si algo nos moviera desde fuera…, lo más bonito era sentir la mano de mi hermana y mirarnos la una a la otra, con los ojos desorbitados, asombradas de lo que estábamos haciendo, sorteando árboles y matorrales, bajando sin frenos aquella empinadísima cuesta.

Nos frenó lo mismo que nos aceleró. Nunca sabremos qué…

—Si me pongo a recordar, solo me llegan penas; mi madre siempre se estaba quejando… A ver… un momento mágico… ¡qué difícil!

Ah, sí… me acuerdo de un día… sí, eso fue especial… fui con mi hermana mayor al campo, a ver al abuelo que estaba faenando en las tierras.

Yo era muy pequeña, debía tener cuatro o cinco años, y después de estar allí un rato empezó a anochecer. Me quedaba fría y él me puso su chaqueta y me la abotonó; me llegaba hasta los pies. Era una chaqueta gruesa, de lana, y olía al abuelo, a leña…

Me sentí de repente tan conmovida que me dejé caer hacia atrás, y me quedé tumbada sobre la hierba, con los brazos abiertos, mullida sobre la enorme chaqueta. Mi hermana Julia dejó de mangonearme, como hacía siempre, y se tumbó a mi lado.

Nos quedamos mirando las estrellas y el cielo dejó de ser como era todos los días y empezó a extenderse hacia mí, pero no me asustaba, se estaba muy bien allí, con el cielo alrededor, no solo arriba…, y lo más raro de todo es que aquello empezó a emocionarme porque a lo que me recordaba era a mi madre, cuando sonreía…

Nieves Mesón
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