En busca de la felicidad

856

“Recuerdo que siendo una niña fui a ver por lo menos cinco o seis veces “la Dama de las Camelias”, con Greta Garbo. Nunca pude soportar la idea de que muriese tuberculosa. Cada vez que me sentaba en la butaca, contenía la respiración expectante, aunque al final, salía siempre de mal humor y prometía volver con la esperanza de ver un final feliz. En algún archivo perdido de Hollywood debe existir una versión doble, una versión alternativa. Greta Garbo tenía que sobrevivir a la enfermedad, Fleming tenía que haber llegado a tiempo para salvarla. Incluso hoy quiero creer que existe una doble versión para todo… escondido en alguna parte tiene que existir un final feliz para cada historia. Todo depende del interés que pongas en buscarlo y de cuanto lo necesites”.

Este es el monólogo que da inicio a la obra teatral “Agnus Dei” de John Pielmeier, y cuyo mensaje ha sido una fuente de elucubraciones personales a lo largo de mi vida. ¿Dónde se encuentra la felicidad? ¿Por qué suele ser tan esquiva?

Como humanidad hemos recorrido un largo camino de evolución, muy duro, demasiado sangriento, por cierto. Tal vez sea esa la razón por la que cuesta tanto creer que existe otra forma amable de vivir, porque estamos constantemente referenciándonos con el pasado.

La forma de transmitir nuestra cultura ha sido siempre a través de historias, antaño de forma oral mediante cuentos y leyendas, después mediante el teatro y los libros y, con los avances técnicos, llegaron el cine y las series de televisión. Si reflexionamos un poco, todas tienen algo en común: el conflicto. El conflicto es lo que sustenta y mantiene el interés, según decía Albert Dumortier, el creador del método de escritura de guiones audiovisuales con el que me formé.

La trama principal es la situación conflictiva que experimenta el protagonista y que se va desentrañando a través de diversas situaciones y sucesos. Existen también otras tramas secundarias que se entrelazan con la principal y de la mezcolanza de todo ello surge una resolución. Según decía Albert: “si no existe conflicto no hay historia”. ¿Y por qué hay que aceptar a pies juntillas esta afirmación? ¿No podría tratarse de un patrón o una creencia generalizada?

Como escritora, es decir, como persona que escribe, he reflexionado muchas veces sobre este asunto. Es muy cierto que me cuesta sustraerme de este condicionamiento tan arcano, tan profundamente arraigado en nuestra psique. Desde antiguo nuestras mentes han bebido del denominado “viaje del héroe”, aquel que atraviesa todo tipo de retos y dificultades hasta alcanzar su objetivo. Pero yo me cuestiono profundamente si para evolucionar y lograr nuestras metas es realmente imprescindible transitar siempre el camino del esfuerzo y el sufrimiento.

Los cuentos y fábulas infantiles siguen el mismo modelo. Crecimos en este paradigma cultural en el que parece que las buenas cosas están siempre lejos de nuestro alcance y si se logran, es después de un largo periplo sorteando obstáculos y dificultades.

Cuando era pequeña y veía una película donde alguien lo pasaba mal (que eran todas), siempre acababa hecha un mar de lágrimas. Mi capacidad de empatía me hacía sentir en mis propias carnes los aprietos que experimentaban los personajes, lo que me ocasionaba un profundo malestar. Y después, la película concluía cuando todo empezaba a ir bien.

Yo me pregunto, ¿por qué no mostramos las partes amables de las historias? ¿Es que nos asusta la felicidad?

Aunque cada persona daría una definición diferente de la felicidad, en la psique colectiva existe la creencia irracional de que para lograrla se necesitan grandes dosis de esfuerzo y perseverancia. ¿Y si este mundo estuviese diseñado para que la persigamos continuamente como el burro persigue la zanahoria? ¿Y cómo saber si llegaremos a hincarle el diente o si debemos desistir porque no lograremos nuestro propósito?

Recuerdo muchas veces a una actriz que conocí: Nuria Arribas. Durante años se afanó por hacerse un hueco en el mundillo teatral vallisoletano y cuando consideró que había tocado techo allí, dio el salto a Madrid. Según tengo entendido, después de un tiempo sobreviviendo (imagino que haciendo otros trabajos para mantenerse en la capital y conseguir su sueño), cuando la contrataron para una serie de televisión que podía ser la plataforma que le ayudarse a triunfar, un infarto se la llevó de repente.

¿Por qué ni Margarita Gautier (La Dama de las Camelias) ni Nuria lograron su final feliz? ¿Por qué el guion de sus vidas terminaba de forma tan abrupta y poco alentadora? Me he hecho esta pregunta cientos de veces, porque hay momentos en que la razón para que sigamos adelante sin suicidarnos es precisamente esa, que aún tenemos esperanza y consideramos posible alcanzar la zanahoria.

Cada vida que vivimos es como una historia en la que el alma se sumerge para experimentar y viene trazada por un guion previo donde interpretamos un personaje. Así lo creía y expresaba Calderón de la Barca en su obra “El Gran Teatro del Mundo”. Pero si todo lo que vivimos está prefijado de antemano, ¿qué papel juega la búsqueda de la felicidad en nuestra evolución?

¿Y si perseguir sueños felices como tener una casa, un coche, un trabajo, un aspecto, una relación, la fama… fuesen señuelos del ego para tenernos entretenidos y estuviésemos descuidando otros aspectos fundamentales del Ser? Me refiero al área interna de cada persona, a su esencia verdadera, porque estoy convencida que la verdadera felicidad consiste en plasmar en la Tierra nuestros dones innatos.

Necesitamos un enfoque global diferente que nos ayude a mantener la completitud que traemos todos cuando nacemos. Y traigo a colación a Claudia Möller, una profesora de Universidad que tuve en la carrera. Ella propone un cambio de perspectiva revolucionario por su simplicidad. El primer día de clase hizo una exposición de su metodología, totalmente opuesta a la que ha utilizado siempre el sistema educativo. Para esta docente, en lugar del cero, su alumnado parte del diez y después, sólo tiene que mantenerlo a través de la asistencia, la participación en las clases, hacer los trabajos, etc.

¿Y si en la nueva sociedad todos implícitamente nos auto otorgásemos la matrícula de honor? ¿No creéis que eso le quitaría mucha carga a nuestra vida? Cuando uno se siente valioso per se y no está obligado a demostrar que lo es, es mucho más fácil avanzar. Y si desde pequeños vivimos en coherencia interna y profundizamos en aquello que nos hace felices que, generalmente es lo que mejor se nos da, interpretaríamos nuestro papel vital con mucha más satisfacción. ¡Ojo! No me estoy refiriendo a crear una sociedad estandarizada como la que planteaba Aldous Huxley en “Un Mundo Feliz”. Una sociedad así no es verdaderamente humana, porque uno de los rasgos de nuestra humanidad es la variedad, la diferencia, la libertad de ser.

Si como pensaba Calderón, nuestras vidas están sujetas a un trazado inamovible, con un inicio y un fin predeterminados, ninguna de las reflexiones anteriores tendría sentido. Y en términos generales, tendríamos unas experiencias más fáciles que otras, quedando nuestro libre albedrío circunscrito a la forma de encajar los eventos que nos suceden. Pero, aunque exista un esbozo de guion vital, si como comunidad somos capaces de cambiar el foco y en vez de situarnos en el peor extremo, donde la felicidad está lejos y decidimos ubicarnos donde experimentamos gozo y alegría, ¿no creéis que sería más sencillo permanecer en ese estado?

Porque la felicidad tal vez no dependa tanto de las circunstancias externas y se trate más bien de un estado interno, una actitud, una disposición que se halla en el presente. Posponer ser felices hasta que logremos esto o aquello es vivir permanentemente en situación de ansiedad y proyección de futuro, por eso en ocasiones somos incapaces de identificar las vivencias dichosas, porque no vivimos el ahora. Si en lugar de seguir avanzando en pos de cualquier zanahoria, dedicásemos tiempo a conectar con nuestro interior, seguro que encontraríamos muchas formas maravillosas de llenar nuestro vacío existencial.

María del Mar del Valle
Educadora Social y Escritora
somos.seresenred@gmail.com