De la locura a la irracionalidad

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Dos lados de una misma moneda, llamada libertad

¿Pensar y actuar diferente me convierte en un ser anormal?, ¿no responder a las formas, o normas preestablecidas me sitúa al borde de la demencia?, ¿quién define lo que es normal o lo que no?, ¿vivimos atrapados en cuerpos y personas que no somos?, La libertad ¿es un lujo que podríamos alcanzar?, o mejor aún ¿la locura y la irracionalidad podrían ser dos lados de una misma moneda llamada libertad?, premisas que inspiran el presente texto, el cual esta orientado en reflexionar sobre la misma libertad, sus alcances y la manera en la que se puede corromper cuando no se tiene un equilibrio en la vida. Pretendiendo de igual manera, a partir de estas líneas, el orientar tu irracionalidad al mejor de los planos, el positivo, el cual nos llevará a una sanación social.

La locura humana

Cierto día en el salón de clase, un grupo de alumnos irreverentes, inquietos y de gran visión me preguntaban ¿cuál sería el mayor nivel de la locura o su máxima expresión? o mejor dicho, ¿cuáles serían las conductas, que podrían estar por encima de la normalidad, o de la moral, o de las estructuras preestablecidas? Honestamente, ante tales cuestionamientos les comenté, ¡que no lo sé!, pero al menos tendría una leve idea. Argumentando que lo más extremo de la locura humana estaría en el hecho de “ya no sentir nada”, el “ya no conectar” con ningún tipo de emoción o con ninguna persona.

El no poder generar ningún tipo de vínculo, o de afinidad, llegar al punto de no sentir o registrar ninguna emoción. Por ejemplo, cuando reflexionamos de la locura humana desde una visión racional o del campo de la salud mental, nos topamos con aquellos personajes que la sociedad ha catalogado como enfermos mentales, psicópatas, sociópatas, líderes de culto, secuestradores, asesinos seriales, delincuentes y criminales de todo tipo. Sin embargo, pese a sus conductas desviadas de la normativa social, que pueden estar lastimando a otros, y por ende, dañando a la propia humanidad, encontramos que al final del día su conducta responde a la búsqueda de una emoción. A la necesidad de la adrenalina, de placer, de poder, de intentar conectar con algo, esa búsqueda por las sensaciones, por alimentar el ego de alguna manera.

Al revisar las múltiples entrevistas, series o documentales de perfiles de dichos sujetos, algo podemos encontrar como común denominador, en el hecho de que el umbral de “no sentir emociones” es muy alto. Por ejemplo, el no sentir miedo, el no tener culpa, ni remordimientos, el no expresar empatía por las víctimas, en la eterna búsqueda por la satisfacción personal, y la necesidad de detonar algo en ellos. Hay un dicho que dice “si no tienes temor de dios, no tienes miedo de nada”, imaginemos por un segundo que toda la humanidad ya no registrara ningún tipo de emoción, incluso el ya no tener miedo a nada, ¿qué pasaría? Se daría un desenfrene social, sería la anarquía o el apocalipsis, o simplemente comenzaríamos a ver un sinfín de actos de libertad. Pero ¿esa libertad podría corromperse?, ¿podría expresarse en actos que lastimen o destruyan a otros?

Sin ánimos de generar las apologías de los más perversos, ni buscando justificación de sus actos, me parece que hay un punto interesante cuando la libertad se corrompe, cuando el sujeto llega a un nivel donde alimenta solo el lado negativo de las cosas y de las conductas, incluso su manera de amar. Cuando el amor, y sus expresiones son corrompidas, solo pretenden lastimar a otros; recordemos que lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia, el odio es simplemente una manera en la que se corrompió el amor, y se lastimó tanto esa capacidad de sanarse así mismo, y lo único que se busca, es lastimar a otros, odiando, dañando y destruyendo todo a su alcance.

La locura humana, reflejada desde las prácticas más destructivas de la misma humanidad a lo largo de la historia, nos ha mostrado rostros como guerras, conflictos, destrucción, muertes, violencia, exterminios, sed de poder, de edificar egos y vanidades, entre muchas otras prácticas. Que de igual manera nos presentan el rostro de un sujeto libre, y que en plenitud de su libertad comete aquellos actos que le puedan generar algún tipo de sensación. Desde una reflexión personal, puedo entender que tales conductas son como las adicciones a algún tipo de fármaco, la primera vez genera un tipo de placer, pero con el tiempo ya no es suficiente esa droga, y se busca drogas cada vez más potentes, y adictivas, para poder detonar emociones nuevas, o simplemente emociones o sensaciones.

La locura humana ha estado ejemplificada de muchas maneras, incluso se ha entendido como el hecho de vivir al límite de nuestras fronteras personales, que nos llevará realmente a vivir; el dejar de estar atrapado en nuestros miedos, nos encaminará a vivir en plenitud. Por ejemplo, los profesionales de la salud mental y los guardianes de la locura, nos ha dado una gran herencia, en el hecho de pensar que todo aquello que no responda a los estándares, a los estereotipos, o lo “funcional”, debe ser curado, encerrado, o al menos controlado con algún tratamiento. Sin embargo, el vivir representa sencillamente eso, vivir, e incluso hay quienes pueden llevar estilos de vida tan desafiantes como un Circo du Soleil de tres pistas, es decir, llevar a un máximo nivel su propio ejercicio de libertad, que se puedan mover en diferentes planos, realidades e incluso dimensiones, y estar en perfecto equilibrio.

La locura humana, nos lleva a reflexionar que el pretender, ser lo que no es uno, o el tratar de ajustarse a la norma, no siempre es una manera de vivir. Recuerdo la anécdota del ave exótica que al ser atrapada la ponen en una jaula de oro, pero al final una jaula, y con el paso de los días el ave se mata, antes de vivir un día más atrapada y exhibida como fenómeno. ¿Cuantas veces no quisiéramos hacer lo mismo?, preferir morir antes que seguir atrapados en nuestras jaulas de oro, llamadas familias, relaciones de pareja, áreas de trabajo, estilos de vida, tradiciones, culturas, o los medios preestablecidos que no permiten la individualidad, o el libre pensamiento.

En tal sentido, recuerdo la más reciente película del Joker “Guasón” uno de los principales y más icónicos antihéroes del mundo DC Comics, una de las empresas que conforman Warner Bros. Entertainment, película estrenada en octubre del 2019, y que narra la vida de Arthur Fleck, un comediante fallido e ignorado por una sociedad en la que vive, y que lo orilla a convertirse en un genio del crimen y del caos en Gotham City. El filme, deja muchos sabores de boca, en lo personal considero que revela esa crítica social, ese olvido de una sociedad por los menos favorecidos, ese reclamo de un sistema fallido; deja entrever que todos podemos ser un Guasón en la vida, y que muchos de ellos ya lo somos, solo que aún no lo sabemos o en palabras del mismo personaje “la peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”.

Dicho filme nos enfrenta a nuestros propios espejos, a nuestras realidades, tragedias, o como lo escribiría el mismo Guasón “Solía pensar que mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta de que es una comedia”, esa comedia llamada vida, llamada realidad, que nos lleva a vivir monotonías, vidas planas y sin un aparente sentido, donde hacemos siempre lo mismo, todo de manera mecánica o lineal donde lo otros “No escuchan, […] simplemente hacen las mismas preguntas todas las semanas, ¿cómo está tu trabajo?, ¿tienes pensamientos negativos? cuando todo lo que se tiene son pensamientos negativos” (Guasón, 2019).

La proyección fílmica ha traído controversias, incluso me tocó ver que personas se salieran del cine como muestra de la decepción. En lo personal, considero que nos muestra un rostro de la locura humana, o representa ese espejo que nos refleja nuestra silueta, en la cual “todos podemos ser Guasón”, y que nos lleva en algún momento en anhelar que “mi muerte valga más centavos, que mi vida” (Guasón, 2019), pero al final del día, debemos reconocer que la locura humana, y la irracionalidad pueden ser dos lados de una misma moneda, y no siempre debe tender al caos o a la destrucción.

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De la locura a la irracionalidad

Me siento atrapado en mis propios laberintos, me siento solo entre tanta gente, hay ocasiones que me asfixio en mis propias palabras y argumentos. No sé si lo que digo es realmente porque lo siento, o porque lo pienso, o simplemente porque lo debo de decir, “Durante toda mi vida, no sabía si realmente existía. Pero yo sí, y la gente comienza a darse cuenta” (Guason, 2019). Dichos pensamientos en que me convierten, en un demente, en un enfermo mental, en un psicópata, o sociópata, o simplemente en alguien que percibe el mundo a su forma, y que puede ser la forma de muchos, pero es el único que lo ha expresado.

Durante años he trabajado temas como el suicidio, el maltrato/castigo, las conductas delictivas y antisociales, la violencia en sus diferentes formatos, y un sinfín de temas vinculados a los jóvenes y niños en situación extrema; no soy de la idea que todo ello se derive de factores sociales, familiares e individuales —entre otros. Me parece que hay un principio más básico el “no sentirse parte de”. De forma particular estamos frente a formas y expresiones de libertad negativas, de sujetos que transitan entre la locura humana y la irracionalidad, y que al no encajar en las estructuras preestablecidas se están pronunciando claramente de manera destructiva. Siendo responsable de mis posiciones, y de igual manera no espero que se esté de acuerdo conmigo, considero que se debe de tener otras miradas, otras visiones sobre aquello que se ha considerado desviado, o antinatural, o nocivo, o conductas de riesgo. Me parece que no estamos entendiendo todos los puntos de la ecuación, y que cada vez estamos más alejados de comprender actos y fenómenos como los ya mencionados.

Sé que muchos de mis colegas me sancionarán por la manera en la que pienso, no los culpo, pensé por 20 años igual que ellos, pero hoy me pregunto ¿la locura y la irracionalidad serán son lados de una misma moneda? Es decir, esa locura dianosticada por los profesionales de la salud mental, como aquello desviado, enfermo de la razón, el estado de idiotez o estupidez humana, o simplemente estaremos viendo a sujetos libres, que lograron el máximo punto de la evolución, y sus conductas las basan en el sentir, pensar y actuar, desde su congruencia, es decir desde su propia irracionalidad.

Claro está, que si moralizamos toda conducta humana, pues no habría mucho margen de reflexión, “o es bueno o malo”, “adecuado o inadecuado”. Soy de la idea, que cuando se toman decisiones importantes, o no en la vida, no existen las buenas o malas decisiones, solo son decisiones, y punto, que detonarán los respectivos efectos o lo que comúnmente se conoce como las consecuencias o reacciones.

El mundo es cada vez más complejo, es multicolorido, no podemos decir que sea monocromático, o dicotómico, donde solo existan dos posiciones de una misma cosa. Aun, si buscáramos hacerlo llegaríamos a las grandes contradicciones de la misma vida, por ejemplo, recuerdo la canción titulada “Yo soy quien soy” de Pedro Infante (1917-1957) actor y cantante mexicano, que a la letra dice: “[…] A veces quisiera ser; tortuga para correr; caballo para volar; montaña para viajar. Pescado pa’ trabajar; chaparro para crecer; borracho pa’ no beber; jumento pa’ no cargar; valiente pa’ no pelear; y fiel como la mujer […]

O reflexionado desde la lírica de grupo puerto riqueño Calle 13, en su canción “Nadie como tú”, que a la letra dice: En el mundo hay gente bruta y astuta; hay vírgenes y prostitutas; ricos pobres clase media; cosas bonitas y un par de tragedias. Hay personas gordas, medianas y flacas; caballos, gallinas, ovejas y vacas; hay muchos animales con mucha gente; personas cuerdas y locos de mente. En el mundo hay mentiras y falsedades; hechos, verdades y casualidades; hay mentalidades horizontales; verticales y diagonales […]; pero, pero, no hay nadie como tú, nadie como tú […]

Las contradicciones de la vida, solo nos dejan ver una cosa, la riqueza misma de las expresiones de libertad. De igual manera, me parece que todos en algún momento somos como el Guasón, nos sentimos atrapados, buscamos la manera de encajar de alguna manera, sonreímos cuando estamos tristes, e incluso llegamos a fingir personas que no somos. Y el resultado de eso, es una “aparente felicidad” que no tenemos, o al menos una aparente realidad que buscamos que se materialice.

Erving Goffman sociólogo y escritor estadounidense considerado como el padre de la microsociología en su obra La Presentación de la persona en la vida cotidiana, donde utiliza la metáfora teatral para denominar el comportamiento de las personas en una realidad determinada. Considera a las personas con un enfoque de actores dramaturgos, para definir así las actuaciones de los individuos en sus interacciones, como si de una obra de teatro se tratase. He ahí el gran dilema, saber cuándo estamos actuando, o estamos siendo notrosos mismos. Por ejemplo, en el ambiente político, existe una expresión “quieres conocer a alguien verdaderamente, dale poder, y en ese momento, se revelará su rostro e intenciones”, dentro del ambiente organizacional existe otra expresión similar que dice “quieres conocer la capacidad verdadera de una persona, somételo a estrés, y te darás cuenta su nivel de resolución de conflicto”. Al final del día, lo que estaremos viendo son el conjunto de conductas, y los impulsos que las detonan, origen que débenos de reflexionar al menos por un minuto.

Los impulsos irracionales

Desde una reflexión de los impulsos de la conducta, identificamos cinco puntos que detonan las acciones del ser humano, como son los impulsos sexuales, los viscerales, los emocionales, los intelectuales y los espirituales. En el caso de los sexuales, representan aquellas decisiones basadas en la genitalidad, en la fuerza vital, siendo el más primitivo y básico de todos los impulsos. Seguido del visceral, y como su propia ubicación lo indica, es de las vísceras, impulsivo, no mide proporciones, puede llegar a ser el más tóxico, el más excesivo, el que va sin filtro, y más extremo de todos. La tercera fuente de los impulsos es el plano emocional, generado por las emociones más nobles, del corazón, de la comprensión, de la empatía, el ponerse en la posición del otro, en un plano donde se busca el bienestar de las personas. En cuarto lugar, los impulsos del plano intelectual, el más racional de todos, el cerebral, el que mide y valora todas las posibilidades, todas las realidades y posibles alternativas y hasta no tenerlas se toman las decisiones. Finalmente el plano espiritual, aquel transcendido, el perfecto equilibrio, el que no se basa en ningún interés, en ningún ego, en ninguna posición de uso, o abuso, el que busca el completo bienestar del otro, el que pretende armonizarlo todo, se podría decir, en una palabras el perfecto equilibrio.

Así como el Guasón sus conductas respondieron a una fuente de impulsos, todos las tenemos; o mejor dicho, nuestras conductas nos llevan a habitar en ese mundo llamado locura o irracional, o al menos nos gustaría atrevernos a dar esos saltos. Claro está, que los riesgoso seria llegar a niveles donde ya “no se siente nada”, y que busquemos artificialmente el detonar algún sentir, tal como los llamados psicópatas —personas con algún trastorno de la personalidad— o sociópatas —personas que no muestran empatía por otros ni remordimientos por sus acciones, y tienen personalidades antisociales. Que al final del día, lo único que se buscaría es pasar por encima de otros, de destruir a las personas, o a la propia humanidad.

El reflexionar sobre la locura humana y la irracionalidad nos lleva a reconocer en principio, que son dos lados de una moneda, llamada libertad. Donde la línea puede ser tan delgada como el propio ser humano lo convenga, y donde las visiones pueden ser tan divergentes como la propia conducta o acción del sujeto la amerite. Considero que el riesgo de poseer un estado de libertad, es hacia donde se enfoca esa capacidad, hacia donde se encamina dicha evolución, hacia donde se aquilatarán las acciones, que pueden ser positivas o negativas, más allá de la moralización de las mismas, es decir, pueden ser para construir o para destruir nuestro mundo.

El preguntarnos ¿qué es lo bueno, y que es lo malo?, sin lugar a duda, se llega a reconocer que son márgenes morales de una sociedad que actualmente está siendo desafiada en sus entendimientos. Entrar en la locura humana, y la irracionalidad, donde el ser humano ha evolucionado en sus conductas a tal nivel, que se basan en lo que “siente, piensa y hace, desde su propia congruencia”, nos lleva a replantear los sentidos de libertad, que van estrechamente vinculados con los propósitos de la vida.

El ser consciente de que no somos lo suficientemente buenos para ir al cielo, ni tampoco lo suficientemente malos para irnos al infierno, hoy día ya no es una disyuntiva, al menos para aquellos que actúan en base a su congruencia —cualquiera que sea. Su locura e irracionalidad los ha situado en un plano distinto, en una dimensión donde solo ellos entienden, al igual que los que habiten esa comarca. Pero lo inquietante, es el daño y destrucción que pueden llegar a ser las congruencias negativas, esas locuras humanas que solo se basan en la búsqueda por los placeres, por llenar vacíos, por servirse de los otros, por alimentarse como sanguijuelas de los demás. Esas congruencias que su única meta es que el mundo se destruya a pedazos.

Pese a lo anterior, considero que el reto es: no aprisionar, sancionar, castigar o encerrar a los irracionales como fenómenos de circo, al contrario, debemos ofrecer mayores muestras de entendimiento, de comprensión; y averiguar en qué momento fueron corrompidos, y esforzarnos para encauzar sus estados de libertad hacia dimensiones positivas, y al hacerlo nos estaremos rescatando a nosotros mismos.

Sé que la idea es incomoda, sobre todo si fuimos o somos lastimados por alguna práctica de libertad negativa, o somos presas de seres perversos que nos manipulan, nos lastiman, nos dañan en muchos niveles, a lo que solo me remitiría a contar el cuento hindú que expone:

“Un monje vio como un escorpión se estaba ahogando y decidió sacarlo del agua. Cuando lo hizo, le picó. Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó, y el animal cayó al agua de nuevo. Lo intentó sacar otra vez y le picó. Un labrador que pasaba por la zona y que había observado todo, se acercó y le preguntó: perdone, ¿no ve que cada vez que intenta sacarlo del agua le pica? El monje le respondió: la naturaleza del escorpión es picar, y la mía es ayudar. Su naturaleza no va a cambiar la mía”. El monje cogió una hoja, sacó al animal del agua y le salvó la vida.”

Al final del día, estará en uno el reconocer cual es nuestra naturaleza, la del monje, del escorpión o la del labrador. La de ayudar, el de lastimar, o el de espectador solamente.

Seamos irracionales, consideraciones finales

De inicio se planteaban profundas premisas vinculadas a la locura e irracionalidad, como es el hecho de que el ¿pensar y actuar diferente nos puede convertir en un ser anormal? Me parece que la respuesta es clara, todo aquello que sea divergente del discurso oficial, o de la cotidianidad, ya lo es. La cuestión seria que no se tenga miedo a ello, y que no se persiga o se penalice la anormalidad, al contrario, represente esa posibilidad de vivir diferente; de reconocer que pueden existir mundos distintos, escenarios alternativos que pueden ser lugares más saludables para la convivencia, y para la armonía de todos, en un equilibrio perfecto.

Recordemos que el no responder a las formas, o normas preestablecidas, no es sinónimo de demencia, o de enfermedad mental, que honestamente cuestionaría dichas etiquetas, que solo nos han lastimado como sociedad, y me atrevería a decir que son simplemente estilos o maneras de vivir diferentes a las mías, así de simple, y tales maneras de vivir se expresan conforme a su propia congruencia. Reconozco que lo que nos ha lastimado y dividido como sociedad, más bien como humanidad, es el siempre buscar etiquetas que nos afilien, o que nos cataloguen como piezas de museo, o piezas de un mundo lego, que se ha esmerado en darle a todo un nombre y un uso, y de no tenerlo, no se reconoce su existencia.

Eso nos lleva precisamente a esa necesidad de moralizarlo todo, o de normarlo, tratando de ubicarlo siempre en esa supuesta geografía de lo racional, de aquello que solamente se pueda explicar con razonamientos científicos, lógicos, deductivos o inductivos, o con la razón; que a final de cuentas solo muestran una visión segmentada de las cosas, y que además nos somete, nos regula y ubica en ese sendero de una sola dirección, de una única posición de vida, y vivir realidades en las cuales no encajamos, que nos lleva a fantasear con la libertad, o en el peor de los casos, a confundirla, a corromperla, a utilizarla como papel moneda que justifique cualquier acto de destrucción, o de desamor, o de un amor corrompido que lo único que busca es lastimar a otros, así como se siente lastimado.

Al final del día, la locura humana y la irracionalidad representan dos lados de una misma moneda, que se puede llamar libertad; de sentir, de pensar, y de actuar, en base a la propia congruencia del sujeto, pero siempre estará en uno, la responsabilidad de hacia donde se quiere orientar esa moneda de cambio, que en el mejor de los casos sea para crear, para mejorar y cambiar la vida de muchos de manera positiva, para sanarse, y con ello, sanar a la humanidad que nos beneficiará a todos.

¡Orienta tu locura e irracionalidad hacia caminos positivos, que al hacerlo, te estarás sanado y sanando a otros!

Jesús Acevedo Alemán
Doctor en Trabajo Social. Saltillo, Coahuila, México.
jesusaceve@hotmail.com