El despertar de la primavera

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Origen de las estaciones y su repercusión en toda la naturaleza

El despertar de la primavera – Desde la formación del Sistema Solar, nuestro planeta, la Tierra por su distancia al Sol ya era una buena candidata para que en ella se desarrollase la vida. Cuando un planeta se encuentra en esta situación, pueden ocurrir hechos que mejoren o dificulten sus posibilidades biológicas. Visto desde la perspectiva actual, nuestro planeta tuvo suerte porque ocurrió un gran cataclismo que, sin embargo, mucho tiempo después facilitaría a la vida la conquista de todos los rincones de la Tierra.

Según la hipótesis del gran impacto, existía un pequeño planeta, o protoplaneta, llamado Tea, que presentaba una orbitaba semejante a la terrestre. Poco a poco, tanto Tea como la Tierra fueron barriendo materia en la órbita, incrementando las masas de ambos cuerpos, con lo que el equilibrio de ambos planetas en la misma órbita se hizo cada vez más inestable hasta que se produjo un violento choque entre ambos mundos. Todo esto ocurrió en la primera infancia de nuestro planeta, hace unos 4.550 millones de años. De acuerdo con esta hipótesis, que cuenta con un amplio respaldo, el choque expulsó al espacio los materiales menos densos que originaron la formación de la Luna y el resto se quedó formando parte de la Tierra.

Como puede suponerse, un impacto semejante tuvo unas consecuencias tremendas. Nuestra Tierra se convirtió en un planeta fundido rodeado por una atmósfera de roca vaporizada. Un impacto que, sin duda, hubiera sido letal para la vida; pero no hubo ninguna víctima porque, en fechas tan tempranas, no había ningún testigo presente, ya que la vida no había surgido aún. Se estima que como consecuencia del choque, el eje terrestre quedó inclinado. Un efecto que, andando el tiempo, sería determinante para que la vida conquistara todas las latitudes de nuestro planeta. Esta inclinación es la responsable de la sucesión anual de estaciones, un mecanismo que equilibra todo el sistema térmico terrestre, permitiendo que la vida pueble todo el planeta, pues modera las temperaturas de las distintas latitudes, evita que el ecuador sea demasiado tórrido y que los casquetes polares sean lugares muertos. La circulación de corrientes marinas y los vientos contribuyen a homogenizar un poco más las temperaturas a lo largo de las distintas latitudes.

Gracias a Tea, hoy podemos disfrutar este ciclo anual de alternancia de periodos húmedos, calientes, secos y fríos que hace que la naturaleza se sincronice con la órbita alrededor del Sol para un aprovechamiento más eficaz de los recursos de temperatura y humedad con los que pueden contar los seres vivos.

Debido a la providencial inclinación del eje terrestre, toda la Tierra disfruta de un clima más moderado, con estaciones como la primavera, de gran actividad biológica, y otras, como el invierno, de descanso. Para los habitantes de latitudes medias, esta sucesión estacional nos evita caer en el tedio que supondría tener solo una estación anodina durante todo el año.

La vida es cambio, en la variedad está el placer. Aunque claro, nunca llueve a gusto de todos y siempre encontraremos a disconformes con la distribución climática que le ha tocado, como dice un dicho popular burgalés: en Burgos solo hay dos estaciones; la del invierno y la del ferrocarril.

La variación del clima, con épocas de escasez de alimentos, ha sido un fuerte motivo, desde el inicio de la vida, para la búsqueda de nuevos horizontes, la existencia de las grandes migraciones, y la colonización de nuevos territorios. Una fuerza vital que impulsó a nuestros antecesores, los primeros humanos, a salir de África para explorar nuevos continentes y poblar, paso a paso, toda la Tierra. Una fuerza que aún permanece grabada en nuestro subconsciente colectivo, aún en nuestra sedentaria sociedad, como una sed de viajar, de aventura y de conocer lejanas tierras.

A lo largo de generaciones, muchos animales han aprendido a crear rutas migratorias. Los primeros pastores aprendieron la trashumancia, siguiendo la ruta de los rebaños semidomesticados. Se piensa que el hombre llegó a América acompañando a los renos y colmando su sed de búsqueda de nuevos horizontes, a través de Beringia, un puente de tierra que existió hace 40.000 años. Estas migraciones, a veces transcontinentales, no solo afectan al hombre y al reino animal, pues las plantas nunca pierden un tren.

Aparte de desarrollar sus propios mecanismos de diseminación, las semillas siempre se las arreglan para viajar como polizones con todos los animales migratorios, bien dentro del tubo digestivo, o quizás adheridas a los pelos o a las plumas. Estas semillas viajeras germinarán en zonas alejadas, tal vez en tierras nunca antes visitada por sus progenitores. Los intercambios periódicos entre áreas distantes desde hace millones de años aceleran los mecanismos de selección natural entre especies, lo que ha impulsado la rápida evolución de los seres vivos, entre los cuales, nosotros somos uno de sus últimos resultados.

¡Oh, mi amigo el invierno! mil y mil veces bien venido seas, mi sombrío y adusto compañero; ¿No eres acaso el precursor dichoso del tibio mayo y del abril risueño? Como bien dice Rosalía de Castro, el frío invierno es el precursor dichoso de la primavera. Tras el duro paréntesis invernal, la naturaleza quiere explotar de alegría y júbilo.

Durante la primavera, la tierra mantiene aún el frío del invierno, pero el aire se calienta enseguida por el sol, que cada vez brilla, día a día, con más fuerza, por lo que se producen vientos, inestabilidad climatológica y lluvias. Estamos, pues ante una época húmeda, por las precipitaciones y, en muchos lugares, por el deshielo. La primavera es la fiesta del agua que despierta a la naturaleza adormecida por el frío de los meses anteriores.

Los árboles saben que esta es una estación privilegiada que no deben dejarla que se pierda, por lo que se despiertan presurosos tras el letargo invernal para aprovechar esta agua que a lo largo del año la echarán de menos.

Cada mañana los campos amanecen verdes, cuajados de rocío y con una neblina que cubre los valles. En esta época, hasta los cielos cambian, parece que se hacen más altos mientras se ensancha nuestro corazón y sentimos un deseo de unirnos con el paisaje. La naturaleza se envuelve con un tapiz verde, cuajado de florecillas multicolores. Las escobas explotan en un amarillo brillante contrastando con el blanco de los espinos y el violeta fuerte de los cantuesos. Los aromas se extienden por el valle, las cigüeñas surcan el espacio con su vuelo majestuoso. El silencio del invierno deja paso a un paisaje sonoro, como este sonido cristalino que se une al concierto de un lejano pájaro carbonero.

En todo lugar, para llevar a cabo el extraordinario crecimiento vegetal que se produce en este período, las plantas precisan la humedad que le proporciona esta estación, pues necesitan absorber gran cantidad de agua que se distribuye desde las raíces hasta llegar a las nuevas hojas en crecimiento. En especial, los años de lluvias abundantes, el crecimiento de los nuevos brotes es asombroso.

Un auténtico espectáculo para la vista, ver desarrollarse las hojas tiernas, recién nacidas, de color claro y brillante. Todo se tapiza de hojas que se encargaran de completar el ciclo del agua mediante la transpiración. Parte de este líquido vital que capta del suelo (a veces a gran profundidad) regresa a la atmósfera, humidificando todo el entorno. Pero la relación del agua y las hojas es más compleja, pues estas partes de las plantas pueden funcionar como antenas colectoras para recibir el agua del rocío que deja caer la atmósfera al anochecer.

La lluvia son hilos de vida que fertilizan nuestros campos. Agua que corre por los arroyos empapando la tierra, llegando a los manantíos y transformando nuestro deseo en realidad. El agua clara es la imagen de la pureza. El olor a tierra mojada, el olor a bosque es un olor ancestral, primitivo que llena todas nuestras aspiraciones. Los árboles canalizan y retienen, en la tierra, su tesoro en forma de gotas de agua. Donde hay árboles, hay agua.

el-despertar-de-la-primavera2Según un antiguo refrán la primavera la sangre altera. Es la época de los brotes nuevos de los árboles y arbustos, de la abundancia, es la época que vuelven las aves migratorias, como las cigüeñas, para hacer coincidir la nidificación con la primavera. Nosotros, como los árboles, las cigüeñas y el resto de los seres vivos de este planeta, sincronizamos nuestros propios ritmos biológicos al ciclo cósmico de las estaciones. Tras el recogimiento del frío invierno, nuestro organismo despierta al unísono con toda la naturaleza a la llamada de la primavera. El campo se metamorfosea y nos atrae para el deleite de nuestros sentidos. Todo se llena de unos olores, unos sonidos y unos colores increíbles. Es la invitación a la fiesta anual de la vida y la abundancia.

Miguel Herrero Uceda
Autor del libro «El alma de los árboles»
www.elam.es