Ser hombre, ser mujer, ser persona

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Somos una especie de naturaleza gregaria, es decir, que necesita del grupo para sobrevivir pues la cría humana es muy vulnerable y requiere de cuidados y protección durante muchos años de su vida. Este condicionamiento biológico nos obliga a construir sociedades y estructuras destinadas a ese fin.

A través de lo que se llama el “proceso de socialización”, cada nuevo miembro recibe desde su nacimiento una formación, una serie de “instrucciones” que irán dando forma a su comportamiento para que pueda encajar en el grupo humano en el que se incorpora. En un principio, estas instrucciones se reciben de forma inconsciente porque la cría aún no ha entrado en la esfera mental y sus experiencias son del todo emocionales (por eso no tenemos recuerdos de nuestros primeros años de vida).

Las experiencias se integran por modelado y mediante la repetición de patrones, especialmente los que aprendemos esos primeros años a través de nuestros progenitores o adultos que nos cuidan. Por este motivo, las influencias que recibimos de nuestra familia son las que más nos marcan. Como ya he dicho, todo proceso de socialización o “educación” persigue el mismo fin: que el nuevo miembro se inserte “adecuadamente” en el ecosistema humano donde nace.

tu genitalidad determina que te eduquen de forma distinta si naces con pene o con vagina

En cada sociedad el tipo de socialización es muy distinto. No es lo mismo ser “educada/o” en Japón, en México, en Irán o en Etiopía. En cada lugar existen unos códigos diferentes: una religión, una serie de valores y comportamientos determinados, un estilo de vida, etc. Todos estos rasgos específicos son los que conforman la “cultura” de cada territorio y comunidad. Sin embargo, existe un rasgo común en todas las culturas del mundo: la educación diferenciada según el sexo.

Sobre la base biológica se asienta una de las injusticias más extendidas a nivel global: tu genitalidad determina que te eduquen de forma distinta si naces con pene o con vagina. El nacer niño o niña significa que te asignan un género que viene acompañado de toda una serie de condicionantes, funciones, roles, estereotipos y formas de estar en el mundo. Se trata de un destino condicionado, de una limitación deliberada de las libertades del nuevo ser.

Cuando no se conocía la intervención del hombre en la concepción, a la hembra humana se la respetaba porque era quien traía la vida. Este descubrimiento, unido al sedentarismo, el desarrollo de la agricultura y de la propiedad privada, hizo que se considerase importante la castidad de la mujer para asegurar que la herencia del padre pasase a sus descendientes. Así nació la familia monogámica, una estructura básica donde, desde hace milenios, viene apoyándose la sociedad y que no deja de ser una construcción social.

El amor es la gran coartada que ha surgido en el sistema patriarcal para mantener a las mujeres en una situación de sumisión

En algunas culturas todavía pervive esa forma de asociarse llamada matrimonio como una mera transacción económica. Sin embargo, progresivamente empezaron a tomarse en consideración las preferencias emocionales de la pareja, algo que ha dado en llamarse “el amor romántico”. Ahora, especialmente en nuestras culturas occidentales, es prácticamente impensable casarse sin que medie la atracción sexual y el amor de pareja por ambas partes. Pero como bien decía Marina Subirats en su libro “forjar un hombre, moldear una mujer”, de 2013: “el amor es la gran coartada que ha surgido en el sistema patriarcal para mantener a las mujeres en una situación de sumisión […] El mandato de abnegación explícito en el género en el pasado se ha transformado en un acto presentado como voluntario y gozoso, que permite a las mujeres sentirse completas precisamente cuando renuncian a serlo”.

La contribución de los movimientos feministas en la desmantelación de las estructuras del patriarcado es innegable. Aunque muchas personas renieguen del término “feminismo”, lo que sustenta este movimiento es la reclamación de una serie de derechos prohibidos a las mujeres durante milenios. Sin embargo, existe actualmente una palabra más inclusiva pues incluye tanto a mujeres como a hombres: igualdad. No hay que olvidar que, aunque distintos, los condicionamientos del sistema patriarcal se aplican tanto a unas como a otros, lo que sigue siendo como he dicho anteriormente, una limitación a las libertades personales.

El movimiento LGBTI también viene realizando una aportación interesante en cuanto a la flexibilización de los géneros binarios masculino/femenino. Las personas con orientación o identidad sexual diversa han sufrido igual que las mujeres el desprecio social, como si fuesen ciudadanos y ciudadanas de segunda. Afortunadamente esta situación va mejorando y en muchos países del mundo ya existen leyes que amparan el derecho de estas personas a ser como son, a no ser vistas ni tratadas como enfermas o degeneradas y a ser dignas de respeto como el resto de la ciudadanía.

El mito del amor eterno cae por su propio peso

Los enormes cambios sociales de las últimas décadas apuntan a un cambio de paradigma. El patriarcado como forma de organización social está obsoleto y es injusto. Y su mínima expresión se apoya en la familia, otra estructura que no es tan natural como aparenta. De ser así no habría tantos divorcios y esto se debe a que las personas estamos siempre cambiando, y más ahora que la mujer también ocupa el espacio público y han aumentado sus posibilidades de socializar. El mito del amor eterno cae por su propio peso.

En esta línea, han surgido diferentes tipos de familia: monoparental, reconstituída, homoparental, etc., por no hablar del poliamor, una forma de relación que está en sus primeros estadios y que considero que va a tener un desarrollo sin precedentes. Sea como fuere la forma que adopte nuestro grupo humano a nivel íntimo, lo que se hace imprescindible es cambiar el paradigma de relación entre personas de diferente sexo. Esto implica que, tanto mujeres como hombres, adquiramos una actitud de apertura y busquemos en común otra manera de socializar a nuestra descendencia apoyándonos siempre en la idea de igualdad.

La pregunta aparentemente inocente que se le hace a una mujer cuando está embarazada: ¿y qué va a ser: niño o niña?, no tiene para mí nada de inocente. Detrás de esa frase se esconde todo un conjunto de proyecciones, expectativas, preferencias y futuras acciones destinadas a moldear a ese nuevo ser que llegará al mundo. Permitamos que se desarrolle sin insertarle programas de género para que pueda alcanzar su más alto potencial como persona, como ser humano, independientemente de los genitales que tenga.

Quienes se plantean tener descendencia deberían hacerlo de forma consciente y prepararse previamente para una tarea de tal envergadura como es “educar”. Eso implica que los futuros padres y madres revisen en profundidad sus propios condicionantes de género, que sean capaces de establecer acuerdos y decidan juntos cómo van a abordar la educación de su prole. Para mí constituye la clave de todo. Somos mucha gente en el mundo, nos hemos reproducido hasta límites que ponen en peligro nuestra propia supervivencia como especie, pero dado que la reproducción es mucho más que la biología pues somos seres sintientes, pensantes y creadores, nuestra reproducción ahora debería ser mucho más consciente. Y con esto no me refiero a que nos lo pensemos más, sino a que lo hagamos con conciencia, con amor y dedicación, no “sobre la marcha” como se ha hecho en el pasado.

Es posible que estos cambios todavía necesiten de unas cuantas generaciones para implantarse de forma orgánica, pero no hay marcha atrás, el cambio es imparable. Para mí uno de los indicadores que revelará ese cambio de paradigma será cuando desaparezca esa pregunta de nuestro universo mental ¿es niño o niña? Entonces sabremos que hemos alcanzado un auténtico nivel de igualdad porque lo hemos incorporado hasta en nuestro ADN. La naturaleza es muy sabia y siempre nacerán de una forma más o menos igualada personas de distinto sexo para que nuestra especie continúe su evolución.

María del Mar del Valle
Educadora Social
asdipagua@gmail.com