Luz pura y radiante

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El Bardo Thödol expone: “El mundo físico no es un lugar hecho de alguna substancia real y verdaderamente colocado en alguna parte, es solamente un modo de contemplar a Dios”.

¿Por qué me conmueven estas palabras si me sacan de la realidad?

El Físico Neils Bohr decía: “Todo lo que llamamos real está hecho de cosas que no se pueden considerar como real. Cuando tocas tus manos, en realidad es sólo espacio vacío tocando más espacio vacío. Los constituyentes de la materia no tienen absolutamente ninguna estructura física”.

Y entretanto, esta peculiar aparente vida continúa. Mi estructura no física, el espacio vacío que yo soy cree levantarse cada día, desayunar, hablar, caminar y situarse ante un grupo de células organizadas en aparentes cuerpos denominados alumnos que yo observo como realidades con entidad material.

Una de estas alumnas, creada por la conciencia que observa a través de mis ojos, vive en una casa de acogida porque su madre después de complicarse la vida con tres o cuatro parejas y varios hijos, no quiere hacerse cargo de ella.

Otro pasa las mañanas en la cola de la embajada de su país esperando conseguir unos papeles imprescindibles para poder ser incluído en las actas, estudiando de pie, el examen de turno.

Hay varios que no son capaces de comprender practicamente nada de lo que explico.
Una gran mayoría escucha como quien oye llover.

Solo unos cuantos que han estudiado bachiller me escuchan con verdadero interés.
Provienen de Bogotá, Perú, Colombia, Uruguay, Cuba, Marruecos, Argelia y una minoría de España, de edades comprendidas entre diecisiete  y cincuenta y ocho años.

Cuando empiezo a explicar un tema, una parte de mi cerebro quiere enseñar, otra quiere consolar, otra alfabetizar, otra huir.

Avanzo y retrocedo para tratar de motivar a los rezagados. Vuelvo a avanzar para que no se aburran los que ya comprendieron.

Se anestesian con la descripción de la sinapsis neuronal. Se despiertan con el significado de los sueños.

Vuelven a dormirse con la enumeración de los nervios raquídeos. De nuevo reviven cuando les cuento que sus vísceras hablan y envían señales a su encéfalo cuando algo no anda bien o que un catarro es tristeza no expresada.

Como hipnotizadora, les hago dormir o les espabilo según el contenido de mi discurso.
En este pequeño reducto del mundo que es el aula donde trabajo, a veces me olvido de que lo que realmente estoy haciendo es contemplar a Dios.

Pero cuando me hago consciente de este hecho y permito que mis palabras resuenen en su interior y en el mío como eco de un conocimiento ancestral, entonces ellos, en ese mismo instante, saben también que todo lo que están contemplando como energía y materia son tan solo dos polos de una misma esencia, de una única sustancia universal: luz pura y radiante.

Y sin saber cómo, en ese aula se hace de día aunque sean las nueve de la noche.

Nieves Mesón
Autora de “Tú y Yo frente al miedo” de Natural Ediciones