El ser humano, energía no incluida en la cadena trófica

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Resumen

El flujo de energía en el ecosistema depende de la integridad de las cadenas tróficas que lo conforman. Los organismos productores elaboran sus propias moléculas orgánicas y, a su vez, los consumidores obtienen estas mediante la ingestión de tales organismos. Considerando sus hábitos alimenticios, los cuales son de índole omnívora, el Homo sapiens está catalogado como un animal consumidor secundario de tercer orden. Sin embargo, el ser humano se erige como un gran consumidor de aquello que el ambiente produce, sin retribuir algo a cambio excepto sus propias sustancias de desecho.

El objetivo de este trabajo de investigación documental consiste en observar los posibles beneficios derivados del cambio de paradigmas sociales respecto de la disposición final adecuada del cuerpo humano al cesar sus funciones vitales, ya que las condiciones ambientales actuales demandan la integración de esa materia orgánica en las cadenas tróficas. De esta manera, en lo correspondiente a la captación cíclica y aprovechamiento de la energía contenida en los organismos, el entorno biológico tenderá hacia la sustentabilidad.

Introducción

La continuidad de la vida terrestre depende del aporte y flujo continuo de energía en los ecosistemas. Es de suma importancia la comprensión de este comportamiento sistemático para entender el cómo cada ser viviente obtiene alimento para disponer de nutrientes y, por efecto, de energía. Este fenómeno natural estimula a la proliferación de las diversas formas de vida conocidas sobre la faz de la tierra. Una cadena trófica (del griego throphe = alimentación) es una serie de eventos consecutivos relacionados con la alimentación de los organismos en la que unos aprovechan la energía de otros, luego de la ingestión o absorción. La asociación de diferentes tipos de organismos favorece a la sobrevivencia común (Minello y Zimmerman 1991, Pelicice y Agostinho 2006, Rozas y Minello 2006, Cetra y Petrere 2007, Genkai-Kato 2007, Hansen et al. 2011); esto aplica y acontece en cualquier latitud geográfica. La cadena alimenticia consta de tres niveles tróficos interconectados para que el proceso de flujo de energía se establezca: producción, consumo, y descomposición.

Esta interconexión beneficia a la óptima estructuración ecológica, disminuyendo así la tasa de mortalidad entre los animales involucrados en el proceso respectivo (Taniguchi et al. 2003, Gullström et al. 2008). Como factor de inclusión en este estudio, se señala el hecho de que el ser humano ha sido estudiado mediante el apoyo de disciplinas del conocimiento como la paleontología, la fisiología, la filosofía, la biología molecular, entre otras. El Homo sapiens forma parte del grupo de los primates en el cual se incluyen algunos especímenes tales como el gorila, el orangután, y el chimpancé.

El cerebro del humano es el más evolucionado de la naturaleza (Bernal-Mora 2012) y su desplazamiento se realiza mediante dos extremidades como consecuencia de su postura anatómica erguida; además, su inteligencia (pensamiento abstracto, categorización, y razonamiento) le ha permitido desarrollar habilidades para el uso, control, y modificación, del entorno. En este contexto, al igual que las demás formas vivas, unicelulares o pluricelulares, el humano requiere de la ingesta de diversas sustancias provenientes de fenómenos complejos inherentes a las diferentes cadenas tróficas, así como a los diferentes ciclos biogeoquímicos que ocurren en el ambiente.

Los organismos insertos en estos fenómenos utilizan y aportan materiales en su nicho ecológico, evento que provee estabilidad al equilibrio entre las condiciones ambientales de su entorno inmediato y la homeostasis de su circunscripción fisiológica; en consecuencia, esto promueve al incremento de la probabilidad de subsistencia.

Sin embargo, se observa al hombre como un ente con vocación meramente consumidora, sin dádiva significativa de su parte para el mejoramiento y/o auto sustentabilidad del medio ambiente que lo circunda, estático e indolente durante su estancia como actor principal en este sistema de cosas. Por ello, en este trabajo de revisión documental se aborda la influencia del género humano sobre el flujo y la pérdida de una parte de la energía contenida en la materia orgánica disponible a nivel global, considerando principalmente el estímulo proveniente de algunos aspectos antropogénicos relevantes.

Cadena o pirámide trófica

En términos de ecología, se denomina cadena trófica al paso de la materia y/o energía a través de los organismos que forman parte de un ecosistema. En ocasiones también puede denominarse pirámide trófica debido a que la energía que se transfiere de un individuo a otro es menor cada vez. Una cadena trófica está formada por cierto tipos de seres vivos, cuya interacción se encuentra definida por el oportunismo y/o la depredación.

En este proceso el primer eslabón está representado por los organismos autótrofos (seres vivos capaces de captar la energía solar, realizar fotosíntesis, y producir azúcares más oxígeno), vegetales o microorganismos fotosintéticos. Más allá de los productores primarios (autótrofos), se encuentran los consumidores primarios (herbívoros) y los secundarios (carnívoros). Una vez utilizada la energía solar por los vegetales (productores primarios), los herbívoros (consumidores primarios) se alimentarán de estos (Miller 2004).

Las plantas proveen a los herbívoros las sustancias necesarias para que estos las integren a su sistema corporal, aunque una parte de la energía que obtienen por degradar y/o metabolizar a la materia vegetal se fugue. En consecuencia, la cantidad de energía o materia que forma parte del eslabón de los herbívoros es menor que la de los vegetales; debido a esto muchas veces se representa a la cadena trófica en forma de pirámide.

Cuando un carnívoro se come a un herbívoro no aprovecha toda la materia contenida en este y, además, también se utiliza parte de la materia consumida en la generación de calor. Los consumidores terciarios, finalmente, se sitúan en la cúspide de la pirámide trófica (animales carroñeros, bacterias, hongos, entre otros).

Normalmente las relaciones tróficas en un ecosistema presentan cierto nivel de complejidad pues existen varios consumidores primarios y secundarios con distintas relaciones tróficas entre ellos. La esencia de la idea de la cadena trófica se refiere a que, si se pierde un eslabón o una etapa del proceso, el flujo de materia y energía se detiene afectando a todo el ecosistema.

Cadena trófica, tópicos

Los integrantes de la cadena trófica forman parte de un conjunto de organismos denominado comunidad biológica, o biótica, o ecológica, o, simplemente, biocenosis. Esto se refiere a las especies que comparten un mismo biotopo (área cuyas propiedades ambientales propician la vida). La comunidad biológica se divide en tres grupos bien definidos: el de los vegetales, el de los animales, y el de los microorganismos; a estos se les conoce con el nombre de fitocenosis, zoocenosis, y microbiocenosis, respectivamente. El ecosistema está conformado por una biocenosis y por su correspondiente biotopo. Ejemplifiquemos con un roedor: el ratón se alimenta de plantas; de esta manera obtiene la energía que necesita para subsistir. Este ratón puede convertirse, a su vez, en el alimento de un zorro. Luego, cuando el zorro muere es comido por un ave carroñera. Como se puede advertir, estos animales (ratón, zorro, y ave carroñera) son eslabones de la cadena alimenticia, y cada uno constituye un nivel trófico diferente.

El cuerpo humano, generalidades

La célula es la unidad viva estructural y funcional de todo organismo. El cuerpo humano requiere de energía para llevar a cabo sus funciones vitales; esta es obtenida directamente del metabolismo de las grasas, los azúcares, las proteínas, y de otros nutrientes. La bioquímica del metabolismo implica el transformar en energía aquello que se ingiere. El cuerpo está compuesto por bioelementos y biomoléculas de índole orgánica e inorgánica.

Un 99 % del cuerpo se compone de oxígeno, carbono, nitrógeno, hidrógeno, fósforo, y calcio; en tanto, el resto de los elementos consiste en sodio, cloro, potasio, azufre, y magnesio. Sin embargo, un adulto sano puede llegar a tener más que 60 elementos, algunos de los cuales no tienen una función esencial para su vida. Cuando los átomos de distintos elementos se combinan forman moléculas que pueden ser de tipo orgánico, o moléculas inorgánicas como el agua. En promedio, el cuerpo de un adulto sano contiene entre 5 y 5.5 L de sangre; en proporción con su peso corporal, su edad, su sexo, y otros factores específicos de su individualidad, este contiene 57% de agua (proporcionalmente, los bebés pueden contener más y los adultos obesos menos).

La organización del cuerpo humano es similar a la de los demás animales. Las células forman tejidos, los tejidos forman órganos, y los órganos constituyen a los sistemas. Un varón promedio está estructurado en tres compartimentos con diferente proporcionalidad entre ellos, siendo el estándar normal: un 15% de grasa, un 55% de masa celular, y un 30% de tejido de soporte extracelular (plasma sanguíneo, esqueleto, y demás estructuras) (Guyton y Hall 2011). Correlativamente, toda la estructura corporal contiene energía.

El ser humano y la cadena trófica

El hombre se posiciona, o se podría posicionar, como el receptor final natural de la energía fluyente de cualquier cadena trófica, ya que su condición omnívora favorece a su potencial de ingesta y aprovechamiento de todo tipo de organismos. Si bien es cierto que este se puede decantar por el consumo exclusivo de vegetales y sus derivados o productos, esta variable conductual no lo debe ubicar como un consumidor primario ya que esta moción adquiriría matices meramente conceptuales.

El ser humano, como una resultante de su estatus ecológico, es considerado como un consumidor secundario de tercer orden, pero no utiliza su propia masa corporal para dar continuidad al flujo energético respectivo, ni permite, debido al bagaje cultural prevaleciente en el grupo social en el cual podría encontrarse inmerso, que otras entidades biológicas la utilicen una vez que sus funciones fisiológicas hayan cesado. Esto se enfatiza debido a la finalidad pragmática respecto de la idea principal de este trabajo de revisión documental. Por otro lado, la fuente de donde proviene la energía que mantiene a la vida del género humano, directa o indirectamente, mediante el consumo de vegetales o animales, es la fotosíntesis. Al respecto, la inclusión del dióxido de carbono, del agua, y de la energía luminosa, en el fotosistema correspondiente, promueve a la formación de carbohidratos y oxígeno (Audesirk et al. 2008).

Los azúcares proveen energía química a los organismos, exceptuando a aquellos que realizan quimiosíntesis como un mecanismo de producción de biomoléculas las cuales proporcionarán lo necesario para la ocurrencia de los procesos bioquímicos respectivos. Esta energía se contiene en la molécula trifosfato de adenosín, molécula que se produce en la membrana interna de la mitocondria (Armstrong y Bennett 1982), energía necesaria para el desarrollo de los fenómenos fisiológicos del andamiaje orgánico.

Cifras relevantes

En un comunicado de prensa, la organización mundial de la salud (OMS) reportó que la esperanza de vida de una persona se ha incrementado desde el año 2000, hasta alcanzar los 70 años en promedio global (OMS 2016). Aproximadamente, durante este tiempo la persona bebe 50.000 L de agua e ingiere 25.000 Kg de alimentos sólidos; a cambio de este sustento, el humano devuelve a la naturaleza sólo materia fecal, orina, y dióxido de carbono, en cantidades dependientes del metabolismo y digestión per cápita, contribuyendo con la aparición y latencia de enfermedades, así como con el calentamiento global.

Se calcula que actualmente la tierra se encuentra habitada por 7.5 mil millones de personas. Los organismos integran ciclos biológicos y cadenas tróficas, exceptuando al hombre en este último rubro; por lo tanto, el flujo de la energía resultante de la ingestión y/o descomposición de tales organismos es cíclica ya que es utilizada por diferentes consumidores, aunque el hombre no se recicla. Asimismo, las cadenas tróficas favorecen al flujo de energía (Audesirk et al. 2008), recurso fundamental para la consecución y el desarrollo de la vida, incluyendo la del hombre.

Disposición final de cuerpos humanos

En el transcurso de la historia, la disposición final de cadáveres humanos siempre se ha realizado conforme a diversas normas sociales (jurídicas y/o religiosas) y/o reglas técnicas (higienistas y/o científicas). Actualmente, la inhumación y la incineración de cadáveres son los métodos más difundidos a nivel mundial, tanto por la predominancia global del cristianismo, islamismo e hinduismo (Grim 2018) como por el crecimiento de la urbanización y los criterios políticos higienistas, orientados a evitar la propagación de enfermedades, que la han acompañado desde el siglo XIX (Urteaga 1980).

En efecto, la inhumación se ha justificado socialmente ya sea por norma religiosa, como el caso de la santa sepultura en el cristianismo, o bien por criterios higienistas; sin embargo, con excepción del judaísmo e islamismo, la mayoría de las religiones hoy día acepta la práctica de la cremación, incluido el cristianismo católico que desde 1983 la permite con base en adecuaciones al Derecho Canónico (Arizmendi et al 2012); aunque las cenizas deben preservarse en lugares de culto, mientras se prohíbe resguardarlas en el hogar, esparcirlas en el ambiente o confeccionar recuerdos con las mismas (Müller 2016). Ahora bien, se estima que cada año mueren más de 50 millones de personas en el mundo.

Entonces, a razón de 70 Kg/per singula, peso promedio, resulta que tan sólo en este periodo de tiempo se aíslan del entorno aproximadamente 3.500 000 Toneladas de materia orgánica contenida en esos cuerpos. Esta aseveración nace del hecho de que el humano, una vez que han cesado sus funciones vitales, es inhumado o incinerado.

Discusión

Es probable que la psique colectiva posea una carga de arrogancia subconsciente, fundamentada en su superioridad genérica. Esto podría estar provocando un exceso de confianza hacia la capacidad de la naturaleza misma, respecto de que esta será sustentable por siempre… Craso error. La intención de este trabajo de revisión documental ha consistido en proponer y lograr una valoración racional de algunos de los paradigmas sociales actuales que han estado conduciendo a los congéneres hacia la autodestrucción, la cual se encuentra definida por el estímulo antropogénico nocivo cuyo enfoque se centra en la degradación ambiental sistemática, teniendo como excusa el progreso.

Uno de estos paradigmas por abolir es aquel que consiste en la inhumación o incineración de las personas toda vez que sus funciones vitales han cesado. Con esta acción se evaden aquellos fenómenos naturales que propician la descomposición y el reciclamiento de la materia orgánica contenida en el cuerpo humano y, al mismo tiempo, se garantiza el aislamiento y el bloqueo de un flujo opcional de energía hacia otras formas biológicas.

Contrario a esto, como ejemplo de una cultura ecológicamente correcta, en una pequeña comunidad de parsis (zoroastrianos) que habitan en la zona oeste de la India, colocan a sus muertos en el exterior de las torres del silencio para que estos sirvan de alimento a los buitres. En el presente escrito no se propone algo burdo como eso, pero se intenta influenciar la susceptibilidad masiva para que los rasgos antropogénicos adquieran matices diferentes respecto de la disposición final de los cadáveres humanos, lo cual favorecería la sustentabilidad ecológica.

La complejidad del asunto que hoy nos ocupa debería encontrar sinergia en el hecho de que el humano es una figura bio-psico-social, y de que no se compone de estratos separados. La cultura de aislar o salvaguardar a los cuerpos post mortemobedece a uno de los patrones morales de la sociedad; esta consiste en que, después de la muerte, aquello que se percibe como alma o espíritu va hacia un punto de luz en el cual algunas personas fallecidas con anterioridad están esperando su llegada.

Aunque existan 7.5 mil millones de personas vivas estas tienden a padecer soledad y miedo a lo desconocido; quizás este comportamiento emocional se encuentre íntimamente vinculado con el instinto de conservación cuyas bases fisiológicas se encuentran en el sistema límbico. Desde épocas ancestrales se han ido acumulando ciertas sensaciones y emociones en el ser humano; particularmente esto ha derivado en la necesidad de crear deidades a las cuales se les atribuye la formación de este sistema de cosas, incluyendo al hombre; bajo esta perspectiva, por lógica elemental, el cuerpo de las personas les pertenece. También prevalece una compatibilidad especial con la creencia generalizada de que existe vida después de la vida; en esta realidad esotérica el cuerpo se manifiesta en forma vital en otra dimensión.

El total apego del ser humano por su cuerpo material se fortalece en sus raíces culturales; también por esto es inquietantemente complicado el cambio de paradigmas, pero no imposible cuando la perspectiva de un medio ambiente en decadencia reclama por ese cambio. La transición de lo meramente filosófico hacia el rango donde se sostiene el pragmatismo y el pro-activismo podría orientar al género humano hacia la solidaridad con el accionar del medio ambiente. En otras palabras, el cambio de las costumbres actuales respecto de la disposición final de cadáveres humanos podría significar un grado de evolución; la evolución es sinónimo de adaptación, la adaptación implica la permanencia, si permaneces conservas tu vida; si no evolucionas, te extingues.

Se sugiere lo siguiente:

  1. Difundir información acerca de las condiciones actuales del medio ambiente.
  2. Establecer un programa de concientización respecto del acto que se pretende en este trabajo.
  3. Comenzar el proceso con cuerpos no reclamados o no identificados.
  4. Permitir cualquier contacto del fiambre con el entorno, procurando su integración en la primera fase de la cadena trófica correspondiente.
  5. Difundir información acerca de los resultados obtenidos en un plazo prudente.

Obviamente, los trazos de la idea expuesta en este trabajo son perfectibles; se considera la necesidad de abundar en este tema para afinar los detalles de la logística correspondiente, la cual deberá ser establecida bajo el rigor de la formalidad científica, legal, y humana. ¿Podría ser que, inicialmente, la inserción del cuerpo humano en las cadenas tróficas favorezca, en primera instancia, al crecimiento de un árbol?

Conclusión

Las cadenas tróficas están conformadas por secuencias de diversos organismos a través de los cuales fluye y se transmite la energía contenida en sus propias moléculas; el equilibrio del ecosistema depende de su óptimo funcionamiento. Sin embargo, la huella ecológica del Homo sapiens ha sido devastadora para el planeta. El género humano no ha encontrado la forma de establecer medidas tendientes hacia la sustentabilidad definitiva del medio del cual él mismo depende. En el presente trabajo se propone la integración del Homo sapiens a las cadenas tróficas, con la finalidad de que su materia sea una opción más para el flujo de energía hacia otros seres vivos.

Sergio Lucio Becerra Torres
sergiobecerratorres@outlook.es

Departamento de Enfermería. Universidad de la Sierra Sur (UNSIS). Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca, México.

José Cutberto Hernández Ramírez

Instituto de Investigaciones Sobre la Salud Pública. Universidad de la Sierra Sur (UNSIS). Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca, México.